26 dic. 2012



Oscar Wilde decía que sólo hay dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Yo escribo porque sí. Quizás es porque me siento más pequeña, pusilánime e inútil de lo que me suelo sentir. O porque detesto ver como disminuye progresivamente la luz natural que entra por mi ventana.  Aunque, pensándolo mejor, creo que es porque estoy total y profundamente enamorada. Enamorada de las palabras. De las palabras que dicen todo. Y de las que no dicen nada. De las que he escrito y de las que se han quedado en la punta de mis dedos o de mi lengua intentando escapar y dejándome aturdida. 

No sé por qué me sucede esto. Quizás sea mi desmesurada pasión por los libros o por mi profunda admiración a tantos escritores. O porque tengo el corazón -o el compartimiento interior donde se alojan los sentimientos- muy vacío. O muy lleno de cosas innecesarias. 

Lo que siento por las palabras debe de ser similar -por no decir exacto- a lo que sienten los drogodependientes por esas substancias. He de decir que soy tan profundamente panoli y nunca he probado drogas ni estupefacientes -de hecho, no estoy segura de que esta última palabra se escriba así- que no sé cuáles son las sensaciones que producen, pero puedo asegurar que lo que siento por la escritura y la lectura lo debe superar con creces. Para mí las palabras son un hogar. O mejor dicho, un refugio. Un refugio de mí. De vosotros. De él. De ti.

22 dic. 2012



“Creo en lo invisible. No creo en lo visible. No creo en la realidad absoluta de lo que nos rodea. Para mí, la realidad reside en la intuición y en la imaginación, y en esa pequeña voz que dice: ¡¿No es extraordinario?! Las cosas de nuestras vidas son sombras de la realidad y nosotros también somos sombras. La mayoría de los fotógrafos centran su atención en lo obvio. Creen y aceptan lo que les dicen sus ojos, pero los ojos no saben nada. El problema es dejar de creer lo que todos creemos (que la realidad está ahí para ser fotografiada y documentada) y empezar a mirar en el alma como fuente original de nuestra experiencia fotográfica. Estar preparados a todas horas para cuestionarnos y dudar de nosotros mismos”

9 dic. 2012


"Sois el producto de una época. No. Echarle la culpa a la época es demasiado fácil. Sois productos. Y punto. Ya que a la globalización no le interesaban las personas, teníais que convertiros en productos para que la sociedad se interesase por vosotros. El capitalismo convierte a las personas en yogures con fecha de caducidad, drogadas a base de espectáculo, es decir, amaestradas para machacar a su prójimo. Para despediros, será suficiente desplazar vuestro nombre por la pantalla hasta el icono de la papelera y luego seleccionar <<vaciar papelera>> en la barra de menú <<especial>>; entonces el ordenador preguntará: <<¿Está seguro de que desea borrar este documento? Cancelar. Ok.>> Para quitaros de en medio, bastará clicar OK. Hace unos años, un anuncio decía <<Un pequeño clic vale más que un gran crac>>, pero actualmente este pequeño clic puede producir un gran crac.
Puestos a ser productos, os gustaría llevar un nombre impronunciable, complicado, difícil de memorizar, un nombre de droga dura, color caca, ser un ácido muy potente, capaz de disolver un diente en una hora, un líquido excesivamente azucarado, de gusto extraño, y, pese a todos estos evidentes defectos, seguir siendo la marca más conocida de la Tierra. Os gustaría ser un botellín de Coca-Cola envenendada."

2 dic. 2012



Me encanta diciembre. Las calles se llenan de luces de colores, comemos dulces con las calorías necesarias para alimentar a dos o tres niños que están muriendo de hambre, los centros comerciales se llenan de renos, gnomos y un señor disfrazado sienta a los niños en su regazo. La televisión se llena de anuncios en los que se muestra como consumir nos hace realmente felices y sólo podremos disfrutar de las Fiestas con Freixenet y veinte kilogramos de gambas.

A parte de la Navidad recordamos esa lista que hicimos en los primeros días del año con un montón propósitos que, en ese momento, estábamos dispuestos a cumplir (los míos fueron: sacar buenas notas ✗, entrar en Publicidad y RRPP ☑, no romper nada tecnológico ☑, leer más de cinco libros ☑ y no decir palabrotas ✗) pero que luego aplazamos inevitablemente a diciembre dejando su cumplimiento de lado. Todos propósitos que me favorezcan a mí y a nadie más que a mí. En diciembre, también, se ven todos estos grandes gestos conocidos como “milagros navideños” donde un extraño dona muchísimo dinero o un huérfano cumple algún sueño. Todo el mundo presume de su bondad, que únicamente sale este último mes ya que, si no, Papá Noel no traerá nuestros ansiados regalos. Pero esta bondad vuelve a esconderse el 7 de enero como muy tarde. Y aparece el sentimiento preferido de los cristianos ¡el arrepentimiento! El viejo tacaño, fruto del liberalismo salvaje, se arrepiente de haber explotado a sus trabajadores (aunque igualmente da las gracias al gobierno por haber hecho la reforma laboral, eso que no falte). El padre cabrón que pega a su mujer le dice cuánto la ama. La retrógrada señora de enfrente deja de juzgar la vida de los demás y todos cuantos existen en la tierra dan gracias a Nuestro Señor por todo cuanto tienen. 

Me encanta diciembre. Me encanta formar parte de este círculo vicioso de bondad y consumismo. Me encanta que todo el mundo dé lo mejor de sí mismo y pasemos semanas de jolgorio. Jolgorio que me hace vomitar desde luego. Sólo somos buenos durante estas maravillosas semanas, pero… ¿qué queda después?