11 feb. 2013











































Los que tenéis la desgracia -o placer- de conocerme sabéis que soy la impuntualidad personificada. Mi costumbre es llegar 15 minutos tarde o salir de casa un minuto antes de la hora acordada. Esto me obliga a correr por la calle y acortar tiempo de donde sea, lo que -a su vez- provoca que sea un peatón irresponsable. Esto mismo me sucedía ayer: como siempre llegaba tarde y al cruzar la calle no miré hacia el lado izquierdo y un coche -conducido por un joven- se vio obligado a frenar bruscamente -lo que es de agradecer, no quiero morirme tan joven-. Lógicamente -o no- el joven comenzó a gritar una sarta de insultos en los que probablemente insinuaría que mi madre ejerce la prostitución o que mi coeficiente intelectual es mucho menor a la media. 
¡Lo que son las cosas y la fuerza de las circunstancias! Quizá en otro contexto ese joven sería mi futuro marido o, qué sé yo, mi deseado amigo homosexual. O ¡qué cojones! si las circunstancias hubiesen sido otras muy diferentes sería mi hermano, mi tío o mi profesor. Y es que ellas son las que rigen el mundo. Ellas son las que -por un extraño motivo- deciden cómo ha de sucederse la vida. Ellas son las que incorporan a nuestra existencia a las personas y las que deciden echarlas. A mí personalmente se me ponen los pelos como escarpias -por exagerarlo un poco- al pensar que un desconocido te pueda despertar ternura en cantidades industriales y -por el contrario- obligarte a sujetar el bolso con toda la fuerza que posees. Y todo dependiendo del contexto, las circunstancias y el destino. 

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