16 ago. 2012


15 de agosto

Las 16:00. Estoy en un coche con otras cuatro personas, el termómetro de una farmacia cercana a mi domicilio marca 35ºC y yo estoy muriendo de calor. Hacemos el trayecto y por fin llegamos a nuestro destino: la casa de unos amigos de la familia. Voy corriendo a dejar mis pertenencias, sombrero, revistas, blackberry, gafas de sol, ropa, auriculares, y salto a la piscina dejando atrás ese insoportable calor. Estoy realmente cansada puesto que me he acostado  a las 08:51 y me he despertado a las 12:37 después de haber bebido 3 vasos y medio de <<cubalitro>>. Pero estando en esa especie de coma viviente me siento plenamente feliz. Estoy jugando con dos casi quinceañeras y haciendo tonterías tales como fundar mi propia religión. Después me tumbo en una colchoneta amarillo chillón y me dispongo a buscar palabras que puedan definir mi satisfactorio estado de felicidad. Pero no las encuentro. Sólo se me ocurre decir felicidad en estado puro, natural, volcánico ¡qué gozada! era lo mejor del mundo... pero eso sería plagio y está muy feo. Harta ya del sol decido ir a la sombra a leer una revista donde hay un artículo realmente bueno de una escritora cuyo nombre desconozco por completo. Entro dentro de la casa y mi prima pequeña y su amiga, las casi quinceañeras, están viendo la televisión. Bazofia. Pura bazofia. ¡Una preciosa tarde de agosto la utilizan para ver la televisión! ¡Qué descabellada idea! Pero decido reservar mi opinión, cosa que hago muy poco, y voy a dar un paseo. Al ver que viene un coche decido volver, pero al volver veo que los ocupantes del vehículos iban a mi piscina a que los niños juegasen y sus padres miren sus estúpidos saltos, volteretas y niñerías que yo no soporto. Esta situación la he vivido un millón de veces, no encajo en ningún sitio. Y decido ir a dormir. Un rato después, al no oír la voz de alguien de mi familia, me asusto y salgo a comprobar que siguen ahí, para seguir durmiendo con tranquilidad. Ahora viene un espacio temporal que desconozco puesto que el último recuerdo que tengo es de estar volviendo a casa. Llego y Marta me llama para ir a dar una vuelta con su coche, cosa que me apasiona pues es la primera amiga con carnet de conducir, y vamos a pasear mi fealdad por Betxí. 
Y pasan más cosas, mi día no ha acabado. Y pasan las horas. Pasan y pasan y yo aún no soy capaz de expresar con palabras cuán dichosa soy. Quizá algún día sea capaz de decir(te), con o sin palabras, todo aquello que siento. Hasta entonces me limitaré a mantener eternas discusiones en mi pequeño cerebro sobre qué términos son los adecuados para describir los sentimientos. Aunque, pensándolo bien, creo que no se pueden describir ¡es mejor vivirlos!

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