2 dic. 2012



Me encanta diciembre. Las calles se llenan de luces de colores, comemos dulces con las calorías necesarias para alimentar a dos o tres niños que están muriendo de hambre, los centros comerciales se llenan de renos, gnomos y un señor disfrazado sienta a los niños en su regazo. La televisión se llena de anuncios en los que se muestra como consumir nos hace realmente felices y sólo podremos disfrutar de las Fiestas con Freixenet y veinte kilogramos de gambas.

A parte de la Navidad recordamos esa lista que hicimos en los primeros días del año con un montón propósitos que, en ese momento, estábamos dispuestos a cumplir (los míos fueron: sacar buenas notas ✗, entrar en Publicidad y RRPP ☑, no romper nada tecnológico ☑, leer más de cinco libros ☑ y no decir palabrotas ✗) pero que luego aplazamos inevitablemente a diciembre dejando su cumplimiento de lado. Todos propósitos que me favorezcan a mí y a nadie más que a mí. En diciembre, también, se ven todos estos grandes gestos conocidos como “milagros navideños” donde un extraño dona muchísimo dinero o un huérfano cumple algún sueño. Todo el mundo presume de su bondad, que únicamente sale este último mes ya que, si no, Papá Noel no traerá nuestros ansiados regalos. Pero esta bondad vuelve a esconderse el 7 de enero como muy tarde. Y aparece el sentimiento preferido de los cristianos ¡el arrepentimiento! El viejo tacaño, fruto del liberalismo salvaje, se arrepiente de haber explotado a sus trabajadores (aunque igualmente da las gracias al gobierno por haber hecho la reforma laboral, eso que no falte). El padre cabrón que pega a su mujer le dice cuánto la ama. La retrógrada señora de enfrente deja de juzgar la vida de los demás y todos cuantos existen en la tierra dan gracias a Nuestro Señor por todo cuanto tienen. 

Me encanta diciembre. Me encanta formar parte de este círculo vicioso de bondad y consumismo. Me encanta que todo el mundo dé lo mejor de sí mismo y pasemos semanas de jolgorio. Jolgorio que me hace vomitar desde luego. Sólo somos buenos durante estas maravillosas semanas, pero… ¿qué queda después? 

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