4 sept. 2012

Esta tarde estaba realmente enfadada porque me tocaba ir al supermercado, que casualmente inauguraban hoy, y que está mucho más lejos de mi casa de lo que ya estaba. Cuando digo realmente enfadada no es un simple e infantil berrinche, era un enfado enorme. Estaba tan sumamente enfadada que la gente debería haber dado las gracias de que no tenga escopetas. Pero como no tenía opción a réplica decidí callarme e ir a ese super super lejos con auriculares para que la música me ayudase a evadirme de la mierda que me rodeaba. Después de caminar esas 5 calles con mi particular cara de enfado/culo/matanza y comprar algunos productos todo cambió. Si mi vida fuese un cómic ese momento se hubiese representado con una bombilla encima de mi cabeza. La realidad me golpeó en toda la cara para quitarme todo el enfado y rencor que tenía acumulado y ayudarme a darme cuenta de la suerte que tengo. Suerte por el mero hecho de poder ir a hacer una simple compra. Suerte por tener algo que llevarme a la boca cuando hay un gran porcentaje de la población mundial  (y de la española, no nos engañemos) que no come más que una vez al día, y a veces ni eso.
¡Qué egoístas somos! Nos pasamos la vida quejándonos por mil cosas que en realidad no tienen la más mínima importancia cuando al mismo tiempo pero en otro país otro joven de nuestra misma edad tiene hambre. Por ejemplo, esta tarde empecé a ponerme de los nervios porque el ordenador y la blackberry no funcionaban a su máxima velocidad. Y por qué no mencionar el día que iba a comprarme un collar y dos vestidos y al final no pude porque teníamos que irnos del centro comercial urgentemente. Todos estos berrinches que tengo se quedan en eso, berrinches infantiles al pensar que un chaval de mi edad no haya tenido, ni tendrá, una blackberry o un ordenador con acceso a Internet. Qué suerte. Qué suerte he tenido de ir a un colegio y pasarme tardes enteras delante de un libro o unos apuntes aprendiendo páginas y páginas de conocimientos que no me interesaban demasiado. Qué suerte tengo al poder ir a la Universidad y estudiar lo que más me gusta en el mundo. Pero sobre todo creo que tengo suerte al darme cuenta de lo injusto que es el hecho de que no valoremos lo suficiente las oportunidades que se nos ofrecen. A veces los tercermundistas somos nosotros, pero por nuestra pobreza de cabeza y corazón.

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